El lunes o martes que fui al super (qué cansado es ir al super) por papel de baño, me compré una cerveza alemana. Me gusta comprarme una de vez en cuando, tomarla con calma, olerla, y recordar esa temporada idealizada en la que según mi memoria me sentía libre y feliz.
Fueron cuatro meses de novedad continua, y creo que eso me ayudó a poner más atención a todo lo que pasaba a mi alrededor y le daba más significado. Siento que la disciplina que tuve en ese entonces para escribir casi diario me motivaba un poco y mantenía mi cabeza ocupada. Había un propósito, documentar, aunque fuera de manera burda y cagada, la experiencia.
Volviendo a hacer el mandado. Nunca ha sido algo que me guste, me estresa todo el proceso, pensar en si voy a encontrar o no las cosas que ya puse en mi lista, llevar las bolsas, no ponerles demasiado peso para que no se rompan, empacar o tener cambio para las personas que empacan, pensar en que no se me olvide nada, llevarme cosas que no necesito, comprar frutas y verduras que se van a pudrir eventualmente en el refri porque soy pésima comiendo cosas saludables. Me urge la comida del futuro.
Y pues ya fui, llené mi carrito, pagué más de lo planeado, y cuando llegué a la casa, me di cuenta que no había traído el papel de baño. Si lo eché en el carrito, no se si se quedó ahí o en la caja cuando pagué. No importa. Lo raro es que mi ansiedad le comunicó a mi cuerpo la situación y no hubo forma de que fuera al baño en estos días. Ayer regresé al super ahora sí exclusivamente por los rollos de papel y hoy ya mi digestión volvió a la normalidad.
Nota: Casi me palideo en la casa sola por culpa de esa cerveza. Ya me desacostumbré.
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