viernes, noviembre 25, 2016

Königsberg

Le gustaba saber que Kant nunca se movió de su pueblo natal y que el podría hacerlo también. Era un escritor y tampoco viajaba.

Tuvo que obligarse a no salir muy lejos, todo gracias a su enfermedad.

Algunos días, sin relación alguna entre hora, día de la semana, clima, estado de ánimo, salud o cualquier otra causa que detonara el cambio, las conexiones cerebrales que transmitían la información entre ojos y cerebro comenzaban a fallar. De un momento a otro todo lo que veía giraba 90°. Sí, a veces veía el mundo como si la gravedad se hubiera invertido, como si el suelo estuviera a su derecha o izquierda y el estuviera flotando o caminando sobre los muros.

Intolerable y confuso.

Solamente tenía dos formas de salir de ese estado y de recuperar la vista normal, una era sumergirse en una alberca grande, una especie de tanque con un porcentaje de agua salada en el que pudiera flotar de manera que engañara todos sus sentidos, regresándolos a cero en cuanto saliera del agua.

La segunda opción era durmiendo, y si uno está fuera de su ciudad o muy lejos de casa, es complicado intentar dormir en cualquier momento del día y es por eso que éste hombre había decidido quedarse a pocos kilómetros de su casa por el resto de su vida.

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