jueves, abril 23, 2015

6.02.2015

A las 10:00 de la mañana me empecé a sentir mal. Nauseas y sed. Nauseas no es lo mismo a estar mareada, es tener unas manos invisibles alrededor del cuello que no dejan respirar ni pensar, unas manos que no se sueltan, transparentes y densas. 

Tuve que ir al baño a vomitar, solamente devolví jugo de naranja y unas galletas que había desayunado. Después seguí tomando agua a traguitos esperando sentirme mejor. Eso no pasó. 

A medio día decidí irme a mi casa. No soportaba el vacío en el estómago y las nauseas que no se quitaban. Mi jefe y mis compañeros se me quedaron viendo con una mirada de "¿No estarás embarazada?", porque claro, ver a una mujer mareada significa embarazo. 

Y pues ya, iba manejando los treinta kilómetros hacia mi casa, y en el último puente, a cinco minutos de mi casa, siento que se me revuelve el estómago y sucedió lo peor. 

Yo pensé que no era multitasking pero fuí capaz de manejar y vomitar. Sí. 

No quise ni voltear a ver nada hasta llegar a mi casa. Cuando pude por fin estacionar el carro, me dí cuenta que en realidad todo había sido el agua que tomé después de que me sentí mal en el trabajo. Pero eso sí, estaba empapada. Me dí tanto asco y lástima y vergüenza que me puse a llorar. 

Me metí a bañar, puse a secar la ropa y fue cuando me dí cuenta que no estaba embarazada, estaba intoxicada. Estúpido sushi. 

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